Familias Diaconales - Reflexión

Reflexión del Día

DOMINGO DE LA SEMANA XXV DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO C Salterio: I SEMANA SAN MAURICIO

«Ningún siervo puede servir a dos amos. Nadie puede servir a Dios, si tiene como dios al dinero»

Los bienes, las riquezas, el dinero tienen una capacidad irresistible de atracción y, cuando llegan a subyugar y acaparar nuestro corazón, se vuelven como un dios que nos atrae, nos domina y nos explota. Pero nosotros somos creyentes en Dios y discípulos de Jesús; por eso en el proceso formativo del Maestro Jesús un tema importante es el papel que el dinero y las riquezas juegan en nuestro discipulado. Tal es la meditación de hoy en las lecturas de la liturgia.

Cuando el dinero y las riquezas se vuelven centrales en la vida de un creyente, se personifican en un dios llamado “Mammón”, una palabra aramea cuyo origen ha sido estudiado y algunos lo remiten a la raíz “amán”, que significa confiar. En el evangelio de hoy (Luc. 16,9), Jesús habla de “mammonas tes adikías”, que muchos traducen como “dinero injusto”. Es el dios dinero, que es injusto porque nos roba el corazón, nos hace egoístas, injustos y poco solidarios con los pobres, pues lo importante es acrecentar los bienes y llenarse de dinero sin importar cómo.

Por eso, la conclusión es lógica: “Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero”. La palabra “servir” es netamente cultual y práctica. Quien tiene su Dios, lo ama, lo respeta como a su Señor y hace de su vida un culto y una entrega generosa en su servicio. No podemos tener en nuestra vida dos dioses para servir, porque nuestra vida no puede estar dividida entre dos señores. Es todo o nada: los dioses son exigentes y absorbentes.

El servicio al dinero y a las posesiones nos hace avaros, nos cierra al amor y a la solidaridad con los más pobres, nos vuelve sedientos del tener y del poder, nos esclaviza y nos quita la paz. La ambición de tener cada vez más nos vuelve injustos y nos puede conducir, como dice hoy el profeta Amós a negocios sucios, al acaparamiento, a la danza de precios, a la alteración de balanzas o a préstamos usureros, todo lo cual acaba ahogando y destruyendo a los más pobres. Y cuando creíamos que el dinero nos daría la felicidad, acabamos siendo los más egoístas y desgraciados de todos, que nunca nos saciamos de tener y nos abstenemos hasta de los placeres más sencillos de la vida.

El servicio a nuestro Dios, en cambio, nos hace generosos, nos abre al amor y a las necesidades de los demás, solidarios y pendientes de las necesidades de los pobres, para colaborar con ellos, porque somos libres de toda posesión y abiertos a dar siempre más de nosotros mismos, ya que estamos adheridos al Señor que todo lo dio para salvarnos.

El servicio a nuestro Dios, además, nos ayuda a tomar conciencia de ser administradores de los bienes y no dueños de ellos. Por más esfuerzos que hayamos hecho, el dinero y los bienes tienen una orientación comunitaria y hemos de administrarlos con astucia y creatividad al servicio del reino. De esta manera sabremos ganar como “amigos” a los pobres, que nos acogerán con alegría y nos abrirán las puertas en las moradas eternas.

El administrador de la parábola de hoy es injusto e infiel a su señor, pero hábil y astuto para manejar los negocios. El Señor nos quiere buenos administradores, leales y justos, pero hábiles y astutos para asegurarnos los bienes verdaderos y conquistar la vida eterna.

Con un corazón abierto y sincero, analicemos esta semana cómo estamos ante los bienes y el dinero. Si somos esclavos de ellos o los utilizamos al servicio del reino de Dios.

“Señor, Tú nos conoces bien y sabes que, aun teniendo poco, nos apegamos fácilmente a los bienes que tenemos o al dinero que conquistamos, con el peligro de acabar como esclavos de ellos. Enséñanos a ser libres y generosos, para no tributarle culto al dinero injusto y ser capaces de encontrar la verdadera felicidad en dar y no en recibir, así como Tu, que te entregaste plenamente por nosotros. Amén”.

Padre Carlos Álvarez G. cjm

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